El sistema inmunológico global

Podría decirse que el biopoder es, hoy, un dispositivo tecnológico global que tiene, entre otras piezas, al Estado, al mercado, los medios de comunicación y la masa. Es una ilimitada máquina elemental hecha de procesos primarios: apetitos, estímulos, miedos, placer, ansiedad, desesperación, pertenencia, rechazo. En el tema y el concepto ultraliberal de seguridad, seguro o aseguramiento, el biopoder parece encontrar su densidad justa, y se dibuja claramente como una prótesis radical del sistema inmunológico. Nuestros cuerpos y nuestras vidas están bajo ataque o están en la víspera de un ataque inminente. El enemigo, o mejor, la amenaza o el peligro, es tan impersonal como nuestros propios cuerpos: virus, delincuentes, psicópatas, bacterias, enfermedades, acosadores, meteoritos, pestes, accidentes de tránsito, tormentas, drogas, colesterol, terroristas, catástrofes ecológicas, debacles económicas, deserción educativa. La amenaza es un punto aterrorizante del azar; es la manifestación del fantasma de lo contingente radical: es una anomalía pura que parece haber eludido la vigilancia de la racionalidad predictiva y empírica del aseguramiento, y que en realidad es el producto mejor logrado de esa racionalidad, la falla contra y en nombre de la cual esa misma racionalidad se redobla, renueva y profundiza.

Una de las grandes diferencias, entonces, entre la Doctrina de Seguridad Nacional de las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado y el actual Estado de Seguridad Global es que el enemigo ya no es ideológico, es decir, ya no es político. Ni siquiera podría decirse con propiedad que es un enemigo: por eso prefiero llamarlo amenaza o peligro, para dar cuenta de su carácter abstracto e indeterminado, o anomalía, para remitir a su carácter impensado, inmotivado y arbitrario. Ya no estoy amenazado por alguien que disiente o se opone a mi concepto político, sino por algo que ataca mi cuerpo y mi vida. El gran asunto de la Seguridad Global no es entonces la defensa de un sistema político de la vida, de un modo de vida o de una doctrina de la vida (típicos argumentos ideológicos de guerra fría, desde la Open society and its enemies hasta el anticomunismo de las dictaduras del Cono Sur), sino una defensa, mucho más radical y primitiva, de la vida misma, sin significado político. La tecnología mecánica de la seguridad y el biopoder es, digamos, preideológica y presimbólica: al forcluir la figura del enemigo se forcluye la propia política, y todo termina por plantearse entre objetos y cuerpos. Y todo esto gira, por cierto, alrededor del  fetichismo de la mercancía y de la tecnología: la instrumentalización abstracta del saber tecnológico oculta y trae como un axioma sus condiciones subjetivas de posibilidad, plausibilidad y razonabilidad, y las impone globalmente como una ley extra y suprapolítica: en última instancia (así como en el primer momento) solamente hay cuerpos y cosas y situaciones problemáticas a resolver con máquinas, tecnología, algoritmos eficientes y eficaces. Volvamos a llamar economía a esta lógica. La Doctrina de la Seguridad Nacional nos instalaba en la seguridad a partir de la declaración soberana de un estado de excepción, por lo que, inevitable y paradójicamente, nos interpelaba como sujetos (el que entiende qué es un estado de excepción) en el punto exacto en el que nos obligaba a suspender la subjetividad (el individuo simplemente sujeto a la excepcionalidad). Un golpe de Estado dictatorial no deja nunca de ser político e ideológico, aunque persiga el objetivo de un congelamiento de la política y de la ideología. El Estado de Seguridad Global, en cambio, es una prótesis: se apoya y prolonga el orden eterno y natural del organismo, del cuerpo y de la vida. No tiene antecedentes jurídicos o políticos, sin corte y sin golpe, sin ninguna orden, sin ningún performativo como acto de enunciación soberana que suspende derechos o decreta una excepción. El biopoder en el Estado de Seguridad Global parece instalarse sin represión (en el sentido freudiano, pero también en el sentido policíaco de la palabra) y sin ideología: se instala suave y casi dulcemente, se diría, sin disolver parlamentos ni proscribir ningún aspecto institucional de la política, como un desnudamiento de ese orden primordial que hace máquina con el cuerpo y la vida porque es el ritmo mismo del cuerpo y de la vida, un latido primitivo y elemental que parecería estar ahí desde antes de que apareciera la polis o cualquier intento social o civil de dar a la vida colectiva organización o sentido.

En un estado de emergencia generalizado que no parece tener antecedente jurídico-político alguno (ni golpe de Estado ni disolución de instituciones ni suspensión de garantías jurídicas, sino un estado que se impone y empuja como el orden de lo real mismo: es una definición posible de globalización), el cuerpo atacado o amenazado dispara el automatismo de su sistema inmunológico: especialistas y expertos en seguridad de todo tipo, técnicos de la salud, diagnosticadores, preventores y terapeutas, gestores y administradores, médicos y policías, sanitaristas y economistas. Aterrorizado por la muerte inminente, el cuerpo se pone al cuidado de los expertos y de la tecnología (las prótesis), y eso presupone una especie de renuncia a su responsabilidad subjetiva, a su lenguaje y a su potencia de problematizar el orden. Y podemos hablar con propiedad de una “renuncia” sólo en caso de que un estado de excepción nos solicite o exija cierta suspensión voluntaria de nuestra subjetividad social, siempre ilusoria. En ese caso jugamos con el beneficio de saber que se trata de una suspensión excepcional, y que ni bien pase la emergencia o mejoren las condiciones las cosas volverán a ser normales y volveremos a ser autónomos y soberanos: es cuestión de tiempo y de paciencia, podemos organizar la resistencia, entendemos cuál es la falla en la estructura, lucharemos por emanciparnos y liberarnos. Pues en esa contradicción inherente entre la soberanía y la excepción se levanta la ficción de la subjetividad, en tanto soberanía no es solamente el contravalor de la excepcionalidad de la alienación o del sometimiento, sino también el tercer punto que permite pensar a la excepción en tanto excepción. Mientras estemos en el CTI estaremos sumergidos en el tiempo sin historia de la mecánica cuerpo-hospital, uno prótesis del otro, acompasados en la coreografía misma de lo real: medicamentos y alimentación, prótesis química que es incorporada brutalmente a través de las vías —esas puertas a través de las cuales toda la máquina hace creer y simula creer que todavía hay un adentro en el cuerpo, un adentro profanado aluvionalmente por la lógica hospitalaria en el punto doloroso en el que se ensamblan cable y arteria, cuando en realidad todo es cuerpo, desde el principio, nada hay adentro sino más cuerpo, nada hay afuera (en el hospital, en el mundo) sino más cuerpo—, junto a los ritmos metabólicos abstractos y al orden institucional del hospital. El cuerpo, en una especie de estado de eterna flotación, prolongado en mil conexiones y tantas interfaces con los medidores, indicadores y gadgets de visibilización y contabilidad, modos de traducir el cuerpo a la inquietud de la cifra, el ritmo cardíaco, la frecuencia de la respiración, la presión arterial, la temperatura, la cantidad de tales o cuales células, o enzimas. ¿Qué otra cosa son las incesantes cifras que escupe la vida del cuerpo social en el monitor del noticiero —la cantidad de rapiñas, los homicidios, los suicidios, los muertos y heridos por accidentes de tránsito o laborales, el porcentaje de nacidos vivos, los índices de repetición o de deserción en el sistema educativo, los resultados de las pruebas PISA, los indicadores económicos, el PBI, la balanza comercial, el déficit fiscal, los índices de desocupación, la cantidad de puestos de trabajo, la cotización de dólar, la cifra de las inversiones, los ingresos por turismo, el porcentaje de menores de 18 años que consume alcohol, el índice de conflictividad laboral, los sistemas de alertas para los fenómenos meteorológicos, las encuestas o las mediciones de lo que sea, adhesión política, indecisión, aprobación de tal o cual gestión— qué otra cosa son esas cifras, decía, sino precisamente prótesis mutua entre el cuerpo y los sistemas de medición y registro, una prueba de ese real en el que el cuerpo siempre vive en los límites, ligado a una catástrofe, que esa catástrofe es siempre económica, y que no importa en absoluto que esos números sean buenos o regulares, ya que la lección que debemos aprender de ellos es obsesiva, a saber: si están ahí es porque podrían ser malos?

El hospital o el CTI es una metáfora extrema pero también un doble simulacro disuasivo. En primer lugar ahí está, como positividad, con su orden, sus reglas, su perímetro y su institucionalidad, para persuadirnos de que hay una exterioridad, un afuera del hospital, de que hay por lo menos una cosa que es no hospital, ocultando de este modo paradojal que todo es ya hospital, que todo es lógica hospitalaria, y que tanto dentro como fuera del hospital no hay sino cuerpos amenazados y prótesis tecnológicas del sistema inmunológico. O, lo que es lo mismo, que tanto dentro como fuera del cuerpo no hay sino hospital. Y aunque en principio se puede decir que cualquier sistema protésico siempre cierra sus circuitos “por fuera del cuerpo”, lo desconcertante es que el sistema inmunológico (así como cualquier sistema de protección o de potenciación del cuerpo) está ahí precisamente para blindar el cuerpo y encerrarlo en sí mismo. Eso muestra que el cuerpo es indistinguible de las prótesis, de la lógica económica y pragmática del aseguramiento, del rendimiento, el intercambio, la producción, el incremento, el placer, etcétera. El cuerpo-máquina es ilimitado, pues es una lógica y no una cosa. Además, en algún momento, el hospital va a aparecer —ya lo dije— como una instancia opresiva y malvada de puro poder mecánico y orden superyoico contra el cual el propio cuerpo reacciona en un acting radical: ese momento de gloria en el que el cuerpo se arranca cables y vías y sale a correr desnudo y puro en la mañana del mundo. Pero ese momento solamente puede ser el sueño del paciente anestesiado sobre la mesa, como en el cuento El Sur, de Borges. Es el emergente maníaco de la lógica bipolar del biopoder: el momento en que el simpático locutor de televisión anima al consumidor a sacar un préstamo de diez mil pesos a pagar en cuotas de mil quinientos, mientras la cortina musical dice “sólo se vive una vez”, explicitando el memento mori del carpe diem, la amenaza velada detrás del imperativo “dese el gusto”. Es la clarinada del mercado llamando a consumo, a fiesta y a derroche, contrapunto de la rigurosa ética protestante del trabajo, el ahorro y los negocios: en el centro mismo del cuerpo obsesivo y retentivo del ahorrista y el previsor estalla el cuerpo gozoso del que cree estar diciendo “basta”, un cuerpo tan obediente como el anterior, pero todavía más funcional a la máquina en tanto su ceguera a la obediencia ahora tiene la máscara de un acto de desobediencia, de transgresión, y hasta de insurrección, si se quiere. El biopoder entonces, insisto, no debe confundirse con la instancia positiva de los artefactos de control de los cuerpos. Es una máquina lógica de oscilación compulsiva entre dos posiciones: control/placer, máquinas estatales obsesivas de seguridad, contabilidad, defensa, inmunidad, corrección, etcétera/máquinas comerciales ansiosas de vértigo, juego, consumo, tiempo libre, etcétera. Y cuando digo “estatales” vs. “comerciales” uso las categorías para intuir cierta ligadura conceptual y no para marcar una cualidad empírica: los aparatos comerciales de placer pueden ser del Estado, y la tecnología disciplinante estatal de orden y control suele estar en el centro de la interpelación comercial.

Un ejemplo obvio. El llamado a la obtención de placer sexual (y su inevitable contrapartida: una especie de aislamiento laboratorial de la función reproductiva), por ejemplo, a pesar de la promesa de un goce desterritorializado que escapa de los andariveles del saber institucional, o de una descripción técnico-mecánica capaz de exorcizar, con su incesante luz incolora, los fantasmas traumáticos y vergonzantes que arrastra la sexualidad desde el siglo XIX, y que ensombrecen, mitifican o moralizan algo que debería consagrarse sencillamente al propio cuerpo (el placer o la reproducción, sin el pivote de la sexualidad), en realidad dispara y articula la malla fina y brutal del orden y la disciplina, tanto en el mercado pornográfico como en el reproductivo. Hay mapas obsesivos de las perversiones en la literatura pornográfica (¿con qué se excita usted?, ¿viejas, adolescentes, animales, mierda, asiáticas, niños, voyeurismo, incesto, tortura?); hay realización de fantasías estandarizadas al uso del consumidor como disfraces o roles; hay sexólogos y autoayuda y gimnasias posturales inverosímiles, y chiches y prótesis químicas o mecánicas para mejorar el rendimiento; hay prácticas siempre ritualizadas y casi ceremoniales como alimentación afrodisíaca, aprovechamiento de los recursos energéticos, grupos o manadas que comparten o toleran sus fantasías, etcétera. Con la coartada de liberar tanto al cuerpo del placer como al cuerpo reproductivo (e incluso, y sobre todo, liberar a uno del otro) terminamos por vivir, en cualquiera de los dos polos, en el corazón mismo del orden obsesivo. Y sin sexualidad, sin esa arquitectura simbólica en la que deben comparecer el placer y la reproducción, la pulsión y el mandato social, tanto el placer como la reproducción se convierten en una militancia abstracta del cuerpo para el cuerpo. La magia tecnológica real, contagiosa e inmediata, del estímulo, evita el lento rodeo de la construcción social del deseo. Ese es el esquema: asocio el estímulo al objeto parcial, a la mercancía y al fetichismo tecnológico (el exceso en el campo de los objetos), y el deseo a la ideología y a la política (el significante de la falta en lo simbólico). El punto terminal del biopoder es una especie de renuncia racional-pragmática definitiva al entreverado oscurantismo de las fantasías históricas, sociales o colectivas. O, menos que una renuncia es, mejor, un abandono o un alejamiento de las oscuras relaciones sociales, que nos entrega plenamente a la máquina misma de la producción y a las relaciones técnicas. ¿Por qué insistir con los relatos y los mitos sublimes o vergonzosos, religiosos o malditos, sobre el amor, los hijos, lo sublime, el pecado, la vergüenza, lo aterrorizante, etcétera, si podemos ir directamente a lo real, y estimular tal o cual área del cerebro, tal o cual glándula, tal o cual circuito neuronal o ecuación electroquímica, para obtener el resultado de la reproducción, el placer, la avidez, el trabajo, etcétera?, ¿por qué oscurecer filosófica o religiosamente la política con la Idea, el sujeto, la soberanía, la conciencia, el alma, la ideología, etcétera, si en definitiva podemos plantearla en términos de administración o gestión pragmática y tecnológica de la economía territorial de los cuerpos y de la vida?, ¿por qué convertir la educación en la “tarea imposible” de subjetivar o politizar los cuerpos, si podemos plantearla directamente como una capacitación, una disciplina o un adiestramiento del cuerpo para conseguir su adaptación técnica a la máquina de la producción, el trabajo, la circulación y el capital?, ¿por qué habrían nuestras vidas y nuestros cuerpos de tener algún sentido o significar algo, si se miden en términos de salud, adaptación, funcionamiento y rendimiento, es decir, si su chata verdad es su valor tecnológico, que coincide, en definitiva, con su valor de cambio?

Pero, aparentemente, a veces, y en última instancia, una especie de resto de subjetividad quiere creer que afuera de nuestro cuerpo, más allá del perímetro del hospital, en una remota dimensión utópica que desmiente a la brutalidad positiva del orden y la contabilidad, hubo, y por lo tanto hay (como posibilidad, al menos), una vida verdadera, política, inteligente. Somos pacientes en lo de esperar el alta. Creímos en el cartel dantesco que colgaba sobre la ventanilla de la recepción, “Deje aquí su autonomía antes de entrar”, de manera que ni bien el médico firme la autorización, retiro mi soberanía y mi subjetividad secuestradas por la institución médica y retomo el control de mi avatar. Ahora bien: ¿qué ocurre si ya no hay un alta, si “el alta” ya no tiene sentido alguno?, ¿y si vivimos en un estado eterno de emergencia generalizada y abstracta?, ¿qué ocurre si no podemos pensar a la excepción en tanto excepción? O una variante del mismo asunto: ¿qué ocurre si en el cuerpo ya no queda ningún resto de subjetividad para creer ni para pensar nada?, ¿qué si no disponemos de ese “mínimo necesario de libertad para pensar en la liberación”, como decía Marcuse,[1] o de ese momento o lugar cartesiano en el que el “espíritu, libre de todo cuidado, y habiéndose procurado reposo en tranquila soledad, [puede] aplicarse seriamente y con libertad a destruir en general todas [sus] viejas opiniones”?[2] Entonces somos, plenamente, masa. No hay y nunca hubo sujeto al que renunciar o suspender. Y la hegemonía brutal del biopoder no es una cuestión de ideología (en el sentido marxiano más clásico de la palabra), sino de adaptación técnica radical del organismo al orden económico de la vida, a la vida en tanto orden tecno-económico.


[1] Marcuse, H. El hombre unidimensional. Planeta-Agostini, Barcelona, 1993.

[2] Descartes, R. “Meditación primera. De las cosas que pueden ponerse en duda”, en Meditaciones Metafísicas. Prometeo, Bs.As., 2009.

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